Aunque el tribunal superior de justicia de Galicia y el tribunal supremo encargados de estudiar las apelaciones consideraron que no existía ninguna prueba de que Alfonso Basterra hubiera acudido aquella tarde al lugar del crimen, aun así, todos compartían la convicción de que Alfonso Basterra había planeado juntamente con Rosario Porto la muerte de su hija, y había colaborado, con el mismo grado de responsabilidad.

El tribunal supremo en 2016, por unanimidad, sobre Alfonso Basterra: “participó en la decisión en plano de igualdad con Rosario Porto e intervino con actos esenciales que condujeron a la ejecución del hecho criminal proyectado (…) sin la intervención del recurrente no hubiera podido ser llevado a cabo el macabro desenlace”. Enlace

Un general, el jefe de una organización terrorista, el gurú de una secta, pueden ser condenados por ordenar un asesinato, aunque ellos no hayan tocado el arma del crimen ni estuvieran en el lugar de la atrocidad. Sólo por decidirlo o dar la orden.

Puesto que no había ninguna prueba de la participación directa de Alfonso Basterra en el momento fatal de la asfixia, para justificar la supuesta planificación y la culpabilidad compartida del ex marido era conveniente presentarlo como un hombre que dominaba a su mujer.

El juez instructor: “a lo largo de los años, había descargado hasta la más mínima gestión en Alfonso Basterra. A ello ha de añadirse la dominación, sobre todo psicológica, que Alfonso había adquirido sobre Rosario, de tal modo que ésta llegaba a consentir el maltrato físico, si bien éste era todavía esporádico (…) Alfonso Basterra actúa para recuperar su posición de privilegio (…) él reacciona (…) sabedor de que ha recuperado su ascendencia (…) La sensación de sumisión es palpable en Rosario (…) Siempre subyugada a Alfonso. Como después se verá, tal situación de preeminencia hace que sea imposible concebir el asesinato de Asunta Yong Fang al margen del imputado Alfonso Basterra”.[i] Enlace

¿Cómo era el matrimonio Basterra-Porto? ¿De verdad se daba una “situación de preeminencia”?

Divorcio

El año en que Asunta muere fue un mal año para ellos. Alfonso va para los cincuenta y está en paro, depende económicamente de Rosario Porto. Reconozcámoslo: en tales circunstancias es difícil subyugar a las mujeres.

La víspera del día de reyes Alfonso Basterra descubre por casualidad que su esposa le engaña con un hombre casado. Según la versión de la infiel, pasa tres días revisando sus correos electrónicos para acumular todas las pruebas.[ii] Se las muestra a Rosario, discuten, él rompe una puerta –o golpea una que ya estaba rota–, se separan y se divorcian al poco tiempo. Alfonso debe abandonar el hogar y la hija queda bajo la custodia de la madre.

Alfonso, al descubrir la infidelidad, no reacciona de forma inmediata. En un proceder maquiavélico, se acopia de información antes de reaccionar, y para no dar opción a Rosario de réplica, no actúa hasta que lo cree saber todo.[iii] Enlace

El proceder de Alfonso no fue tan “maquiavélico”. Efectivamente, constituye delito contra la intimidad revisar los mensajes de tu pareja. Aun así, si descubres que tu pareja te engaña, es habitual, e incluso sensato, obtener toda la información y las pruebas posibles para actuar con conocimiento de causa antes de poner fin a una relación de más de veinte años.

Según la versión de la otra parte, bastante más verosímil, Alfonso Basterra ojeó los correos de su mujer y sólo le llevó cinco minutos descubrir todas las evidencias de adulterio, pero guardó silencio tres días para no arruinar a su hija una fiesta tan señalada.

Después de la ruptura se va a producir una circunstancia muy peculiar:

Rosario está acostumbrada a que Alfonso se encargue de todas las tareas domésticas. Por culpa de su enfermedad crónica, lupus eritematoso sistémico, y de un carácter depresivo, Rosario no es capaz de atender ni a los asuntos más sencillos. Al poco de separarse Alfonso le envía mensajes recordándole todas las obligaciones pendientes. Rosario se siente sobrepasada.

Aunque la separación ha sido desagradable, con Alfonso negándose a irse de la casa y amenazando con revelar secretos de Rosario, (“la espiaba e inundaba su correo de notas y mensajes que rayaban en el acoso[iv]), Enlace el tono va cambiando. Alfonso va aceptando la nueva situación y llegan a acuerdos. Ninguno de los dos quiere que la hija se vea afectada.

El catorce de febrero de 2013 se divorcian. Él, a punto de ser denunciado por maltrato, no tiene más remedio que ceder en todo. Ella está ilusionada, divorciada y libre.[v]

Por supuesto, le ha correspondido a la madre la guardia y custodia, aunque Asunta puede quedarse con su padre cuando quiera y él se ofrece a cuidar de la niña siempre que Rosario lo necesite. Rosario aprovecha este acuerdo para irse de vacaciones con su amante. Es una relación bastante práctica, y con pocos visos de dominación patriarcal.[vi]

Dependencia

Pese a estar dolido, Alfonso Basterra se va a encargar otra vez de los asuntos de Rosario Porto porque ésta es incapaz de resolver las cuestiones más simples por su cuenta. Poco a poco, Alfonso se vuelve de nuevo necesario para su ex: le compra los medicamentos, le llena la nevera, cocina para ella, realiza todas las gestiones. Es fácil pensar que Rosario podría haber contratado a cualquier otra persona para que cuidase de su hija y de ella, porque le sobraba el dinero, pero en realidad Rosario no tiene nuevos ingresos: ha heredado acciones y rentas, que bajan de valor con la inflación, unas valiosas posesiones inmobiliarias de muy baja liquidez, un mercedes benz con 22 años de antigüedad aunque en buen estado, y el despacho de abogado de su padre con toda su clientela, pero ya no ejercía y lo convierte en asesoría jurídica. Empieza a perder clientes. Sus conocidos recuerdan que siempre procuraba gastar lo menos posible. Sea como sea, prefiere dejar que alguien de confianza, su antiguo marido, se siga ocupando de todo. Como mujer deprimida, no le apetecen los cambios, se siente cómoda con una rutina conocida aunque insatisfactoria y se contenta con ir tirando.

Alfonso le preparaba la comida en su apartamento, luego iba a casa de ella porque “su salón era más cómodo, tenía Canal Plus y una televisión mejor”. Dormían en la misma casa. “Pernoctábamos pero como hermanos. Yo no quería estar sola.”[vii] “En lo que respecta a la niña Alfonso lo está haciendo muy bien. Hay que ser justos.”[viii]

Esta convivencia cuasimatrimoniesca es la que permite sostener a los investigadores que Rosario Porto no era capaz de dar un paso sin la ayuda del marido.

El juez instructor echa no poca literatura a la relación de dominio de Alfonso: “En fecha de 17 de enero (al poco de separarse) reitera un correo recordándole cosas que Rosario está olvidando en lo ordinario y cuya premura es indiscutible. Alfonso busca que su esposa se sienta superada por las tareas domésticas que aborrece y de las que su marido se encargaba. Enseguida provoca la sensación de culpa de su esposa, que intenta ser generosa con él (…) actúa para recuperar su posición de privilegio (…) él reacciona (…) sabedor de que ha recuperado su ascendencia (…) La sensación de sumisión es palpable en Rosario (…) Siempre subyugada a Alfonso (…) tal situación de preeminencia”.[ix] Enlace Pero en realidad Rosario no estaba subyugada a Alfonso ni por asomo. Lo necesita para que él la libre de insoportables tareas domésticas, para que la cuide cuando caiga deprimida o enferma, pero no lo admira: lo critica ante sus amigas, lo considera un ayudante al que su círculo de amistades apoda “el secretario de Charo”, se la pega sin remordimientos y ni se plantea volver a vivir con él. Por lo tanto, no existía subyugación o sumisión, sino dependencia práctica, la de un marqués con gota que depende de su mayordomo, lo cual es muy diferente.

Leamos una brillante aportación del juez instructor a la psicología criminal: “Formalmente se divorcian, pero Rosario mantiene la doble relación con Alfonso y una tercera persona. Siempre subyugada a Alfonso”.[x] Enlace Se divorcia, pero muy subyugada, y, terriblemente sometida, mantiene una relación con otro hombre.

He aquí una carta que Rosario escribe a una amiga tras conseguir el divorcio:

“Tengo tantas cosas que contarte y tanta lentitud y pésima relación con el teclado (vicio derivado de tener una secretaria o un Alfonso que lo hiciese por mí), que ponerme a escribir un mail de más de cinco líneas, siempre se convierte en una proeza.”[xi]

“(…) soy una mujer divorciada. Creo que es la Sta. de divorcio más rápida de la historia de la humanidad –14 de enero demanda a 14 de febrero sentencia–. Sensaciones encontradas: vértigo y ligereza, aunque prima el alivio. Alfonso sigue sin caer del guindo, oscilando del victimismo a la agresividad. Agotador.”[xii]

Hablando de su nueva pasión: “Mi relación con M*** continúa. El 14 de (…) cumplimos un año de clandestinidad y para la ocasión el tipo, presuntamente duro, eligió Agadir como destino de celebración, o sea, el lugar donde empezó todo. Imagino que un viaje de trabajo era su única coartada ante la familia”.[xiii]

La verdad: no creo que en Agadir se acordara mucho de su Alfonso. Y la cosa iba para largo: Rosario alberga expectativas de muchos más años de amor clandestino: “En lo personal: cada vez más enganchados los dos y yo haciendo enormes esfuerzos para gestionar nuestra nueva situación. Vamos, que llevo regular su situación familiar y la descompensación respecto de la mía (…) Confío en que los años y la experiencia me ayuden a manejar este lío mejor”.[xiv]

En cierta ocasión ella acude a una psicóloga con los nervios destrozados por culpa de Alfonso: necesita que el padre se quede con la niña unos días para poder disfrutar de unas breves vacaciones en Marruecos con su encantador príncipe, pero Alfonso pone pegas. Esto le costó pero al final se arreglaron. Tampoco veamos ahí un arquetipo de mujer dominada.[xv]

La dependencia puramente material de Rosario se va a volver absoluta cuando unos síntomas alarmantes la llevan a ser internada.

Según ella, Alfonso la chantajea: cuidará de ella a cambio de que deje a su amante, el hombre casado. Rosario acepta, aunque de mala gana.[xvi] Cuando ella vuelve a establecer contacto con su gran amor, Alfonso no responde a sus mensajes durante unas horas, lo que el juez califica así: “Nuevamente aparece la dominación psicológica de Alfonso”.

Parece ser que ella no pensaba renunciar a su amiguito, pero cede con reservas y temporalmente ante Alfonso para que cuide de la niña y de ella.[xvii]

Explicación de Rosario: “Era Alfonso o la muerte”, “Me daba de comer y de cenar y además empecé a ver que cada vez iba a peor”, “La condición de él para cuidarnos fue que dejase a la otra persona (…) dejé a esa persona, le di una excusa porque no le quería decir que era una especie de chantaje por parte de mi marido”. Fue una “reconciliación forzada”.[xviii]

¿Tenemos un plan?

Generalmente, los particulares que se juntan para urdir un crimen no levantan actas de las reuniones ni intercambian documentos comprometedores. Para suponer con fundamento que hay un plan conjunto, hace falta observar sus actos y deducir de ellos que sí actuaban de modo concertado.

El esquema para matar a Asunta Basterra no resulta demasiado elaborado. La niña estaba sedada, para asfixiarla más fácilmente o tal vez para que no sufriera. Le ponen un cojín o una tela en la cara para que no respire y la tiran en un paraje oscuro. Luego la madre dice que no la encuentra en casa, donde la había dejado tranquilamente haciendo los deberes, y denuncian su desaparición. Cuando la policía encuentre el cadáver, nadie dudará de la madre. ¿Quién va a pensar que una mujer tan culta, sofisticada y en tan buena posición social, mate a su propia hija?

Pero el plan, si es que a eso se le puede llamar plan, no salió bien y Rosario fue la primera sospechosa. Una simple cámara de gasolinera desbarató su primera estrategia. No sólo eso: la alarma de la finca, desconectada a las 18:33, iba a indicar inevitablemente que Rosario no dejó a Asunta en casa a la hora que dijo y poner en duda su primera versión.

Para un fracaso así, no hacen falta muchos preparativos ni una gran mente criminal.

Supuestamente, Alfonso Basterra se quedó cómodamente en casa y envió a la persona menos idónea a acabar el trabajo duro. Rosario Porto era depresiva y atolondrada, muy incompetente, y a ella le toca la parte verdaderamente difícil. De suministrar el orfidal, en cambio, lo más sencillo, se tuvo que encargar él en persona, porque, si no, no sería culpable.

Recordemos, en palabras del juez instructor, que Rosario Porto, “a lo largo de los años, había descargado hasta la más mínima gestión en Alfonso Basterra.

Los mismos investigadores empeñados en demostrar que Rosario Porto no podía haber asesinado sola a su hija y que, por tanto, había necesitado la ayuda de Alfonso Basterra, después tuvieron que sostener que Rosario Porto sí pudo haberlo hecho sola para justificar su condena.

Él no se molestó en buscar una coartada para ella ni preparó algún truco para despistar a la policía. Tampoco buscó coartada para sí, porque, si Alfonso sabía lo que Rosario iba a hacer y no la acompañó, nada más fácil para él que haber salido aquella tarde a algún lugar público y dejarse ver para tener una prueba de su inocencia al día siguiente.


Bibliografía

[i] Auto de apertura de juicio oral, p. 5 y 6.

[ii] Cruz Morcillo, 2014, p. 73.

[iii] Auto de apertura de juicio oral, p. 5.

[iv] Cruz Morcillo, 2014, p. 86.

[v] Cruz Morcillo, 2014, p. 82.

[vi] Cruz Morcillo, 2014, p. 88.

[vii] Cruz Morcillo, 2014, p. 92.

[viii] Cruz Morcillo, 2014, p. 85.

[ix] Auto de apertura de juicio oral, pp. 5 y 6.

[x] Auto de apertura de juicio oral, p 6.

[xi] Cruz Morcillo, 2014, p. 85.

[xii] Cruz Morcillo, 2014, p. 85.

[xiii] Cruz Morcillo, 2014, p. 85.

[xiv] Cruz Morcillo, 2014, p. 86.

[xv] Cruz Morcillo, 2014, p. 84.

[xvi] Cruz Morcillo, 2014, p. 92.

[xvii] Cruz Morcillo, 2014, p. 93.

[xviii] Cruz Morcillo, 2014, p.92.

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