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Se repite en la prensa con admiración y horror que Asunta Basterra, muerta entre las 16:00 y las 20:00 según la autopsia, fue drogada durante la comida, su última ingesta de alimento sólido, en casa de su padre, que preparó un revuelto de champiñones. Había en su sangre una concentración de orfidal superior al doble de lo que resultaría peligroso para una persona adulta. La niña sale del apartamento de Alfonso Basterra tras la comida familiar un poco antes de las 17:21. “Entre las 14 horas y las 17:15 aproximadamente del día 21 de septiembre de 2013, los dos imputados comen con la menor. Sobre esa hora Asunta sale de casa del imputado Alfonso y se dirige posiblemente a la casa de la imputada Rosario. Así se refleja en la cámara de la esquina de ambas calles. Pasados unos minutos sale Rosario que no se dirige a su domicilio, tal y como se aprecia en las cámaras de Doctor Teixeiro. No es posible determinar dónde estuvo Rosario entre las 17:30 y las 18:15 horas.”. Enlace
Aquí surge una primera duda: ¿es normal adormecer a una víctima una hora y cuarenta y cinco minutos, como poco, antes del asesinato? ¿No sería más práctico darle el medicamento una media hora antes, el tiempo que tarda el tranquilizante en producir su efecto?
Tal como desvelan las cámaras de seguridad de un banco situado entre el apartamento del padre, donde comieron, y la casa de la madre, adonde Asunta se fue a hacer los deberes, la niña salió sola y caminó sola y a buen paso por la calle (“erguida, orientada y rápida”). Enlace La madre pasa siete minutos más tarde: se quedó comentado algún asunto con el padre y aprovechó para echarse un cigarrillo porque no le gustaba fumar delante de la hija. Si estaba drogada, ¿es comprensible que la dejasen salir sola de casa? ¿No temían que en cualquier momento, por la calle, se marease o se desmayase? ¿No hubiera sido indispensable estar encima de ella todo el rato, una vez sedada, para evitar que nadie se acerque a ella? La drogan, permiten que se vaya sola… ¿y la asfixian dos horas más tarde en otro lugar?
Se ha escrito que el trayecto era muy corto y que podían vigilarla desde el balcón de la casa del padre. Tal vez sea así, pero ¿qué habría pasado si Asunta se hubiera encontrado con una amiga y se hubieran puesto a charlar? ¿O si ese día a Asunta le hubiera dado por salirse de lo establecido y, en vez de entrar en el portal, se hubiera ido de paseo? ¿Qué le costaba a Rosario acompañar a su hija? Y se puede comprobar en los mapas callejeros que sólo podían vigilarla hasta la vuelta de la esquina, luego la perdían de vista.
Más aún, la madre no volvió directamente a su vivienda. Se fue a hacer algo, nadie sabe qué ni adónde, durante más de media hora. Se desentendió por completo de la niña, el personaje central de la confabulación, que tenía teléfono y aplicación de guásap a mano. Ni siquiera se tomó la molestia de comprobar si estaba en casa.

Esta incomprensible negligencia de los asesinos pone en duda todo el relato de la acusación. No existe ningún otro caso en la historia del crimen de sedar a una víctima con la intención de matarla, pero dejarla irse sola, y luego volver a juntarse con ella para proceder al último acto del homicidio. Por lo tanto, de esas grabaciones se deduce que la niña no fue drogada en casa de Alfonso Basterra. Y por el informe de toxicología sabemos que no ocurrió a la hora de la comida.
Informe de toxicología
En realidad, las dos expertas en toxicología que declararon en el juicio, del instituto de ciencias forenses de la universidad de Santiago de Compostela, no pudieron “precisar con exactitud” la hora en que la niña había consumido el orfidal. Lo que sí saben es que la víctima no tomó las pasillas antes sino “durante o después” de la comida “porque, de otra forma, a las 17 horas no podría andar por la calle” ya que los efectos del fármaco empiezan a sentirse a los 40 minutos. Enlace
Todavía en el juicio, dos años después, le preguntaban a Alfonso si su ex mujer le había ayudado a batir los huevos, pero los huevos no se baten para hacer un revuelto. Más ridículo aún es pensar que se puedan echar veintitantas pastillas de orfidal a una tortilla o revuelto sin provocar un sabor amargo y repugnante. No se puede disimular el gusto de una sobredosis de orfidal machacado, hizo falta obligarla a tomárselo como medicamento.
“El menú lo preparó él, pero en los alimentos no se han hallado tóxicos, han desvelado estas expertas.” Enlace
Según éstas, la muerte se produjo 3 o 4 horas después de la toma de lorazepam, con un “margen amplio”. Más amplio aún si hacemos caso a otro informe elaborado por el instituto nacional de toxicología y ciencias forenses de Madrid: “Hay multitud de factores, además del tiempo, que intervienen en el grado de digestión. Entre ellos podemos destacar el grado de masticación, la naturaleza, fragmentación y cantidad de alimentos ingeridos, la ingesta de algunos fármacos, la ingesta concomitante de diferentes alimentos que interfieren en los procesos digestivos de cada alimento por separado y por tanto modifica su digestión, la presencia de líquido y la naturaleza de los mismos…, el momento de la ingesta de estas bebidas, antes, durante o después de la comida, la propia idiosincrasia del individuo, posibles alteraciones fisiopatológicas del miso, etc., sin olvidar que la digestión puede continuar durante un tiempo indeterminado después de la muerte, todo lo cual hace que la estimación del tiempo transcurrido entre la ingesta y la muerte sea meramente una aproximación y la conclusión debe tomarse con cautela”. Enlace Una rápida consulta en internet muestra que el tiempo de digestión “varía entre los individuos”, “y por supuesto también depende de las características y estado de salud de cada individuo”. Y si no se conoce la hora exacta de la muerte, más difícil será precisar en qué momento recibió el sedante.

¿Y por qué no se sabe a qué hora murió Asunta?
Establecer el tiempo aproximado del fallecimiento es difícil y determinarlo con exactitud es prácticamente imposible.
Al aparecer el cuerpo, los investigadores pensaban en un rapto y violación de la menor; la forense no quiso destruir pruebas aplicando el termómetro por el método habitual en levantamientos de cadáveres, es decir, en dos orificios del cuerpo verdaderamente íntimos.
En la obra «Medicina legal y toxicología», de Gisbert Calabuig, se puede leer lo siguiente: «la toma de la temperatura rectal o vaginal requiere la manipulación del cadáver y de los vestidos, y en casos de delitos contra la libertad sexual se podrían introducir artefactos o pérdida de pruebas o invalidación procesal de ésta. Por ejemplo, el esperma… ¿estaba en la región perianal o al introducir el termómetro se introdujo también el material espermático dentro del recto? La calificación jurídica es bien distinta, si hubo o no penetración, por lo que la localización del material biológico es trascendental. Por tanto, ante la duda, la toma de la temperatura en el momento del levantamiento debe hacerse, bien en el oído, cavidad nasal o, incluso, con los nuevos dispositivos, intravisceral».
La forense no la tomó en ningún sitio. Ni en el oído, ni en la cavidad nasal, ni en el hígado. Tampoco se tomó la temperatura ambiente del lugar del hallazgo ni se midió la humedad del lugar. La temperatura corporal de un muerto desciende un grado por hora, un poco más rápido en un cuerpo pequeño y delgado, hasta alcanzar la del lugar donde se encuentra. Habría bastado una simple fórmula.
Entonces, ¿cómo se calculó la hora de fallecimiento de la niña? Los forenses se fijaron en las livideces cadavéricas. Si un cuerpo está tirado en el suelo, las células pesadas de la sangre del plasma tienden a bajar por efecto de la gravedad. En el caso de Asunta se observaron esos depósitos de líquido, que todavía no estaban fijados, lo que significa que, como mínimo, llevaba tumbada en la cuneta tres horas.
Pero ese dato no nos dice nada, porque el cadáver permaneció cuatro horas sobre la tierra antes del levantamiento.
Los forenses trataron de establecer la hora a través del humor vítreo. El problema es que ese líquido se extrajo con una jeringuilla después de que el cuerpo hubiera pasado doce horas dentro de una cámara frigorífica, lo que altera los valores e imposibilita un resultado fidedigno. Enlace
Probablemente, los forenses no estaban acostumbrados a este tipo de casos en Santiago de Compostela ni preparados para una buena investigación científica.
Sin embargo, a pesar de estas lagunas, el jurado no tuvo reparo en dictaminar que el orfidal se sirvió en casa de Alfonso Basterra, y los jueces del tribunal superior de justicia de Galicia y del supremo no lo cuestionaron: tal vez posean un conocimiento inspirado desde las alturas.
Veredicto del jurado: “Entendemos que la hora de la muerta está comprendida entre las 18 y 20 horas y así lo refleja el informe de la autopsia del IMELGA y del INT, dándole nosotros más valor al proceso de digestión y por lo tanto al contenido gástrico de la niña que al potasio (humor vítreo)”. Enlace
Para determinar la hora de la muerte, el jurado da más valor al informe sobre la digestión que a la propia autopsia. “Entre las 18 y 20”, escriben. Creemos que Asunta comió hacia las 15:00 hora, sabemos que a las 18:21 estaba viva, suponemos que el cadáver fue tirado en la cuneta después del anochecer, pasadas las 20:30, no a la luz del día. Pero “la estimación del tiempo transcurrido entre la ingesta y la muerte es meramente una aproximación y la conclusión debe tomarse con cautela”: tres o cuatro horas después con un «margen amplio”. “Hay multitud de factores, además del tiempo, que intervienen en el grado de digestión. Entre ellos (…) la ingesta de algunos fármacos”.
Los tranquilizantes retrasan la acción del aparato digestivo. “En la orina se detectó la presencia de pequeñas cantidades de Lorazepam. Posiblemente esa baja concentración indica que cuando se produjo la muerte, se encontraba en una fase inicial de eliminación del fármaco por vía renal.” Enlace
Si la madre dio el orfidal a su hija después de las 17:15, hacia las 18:00 por ejemplo, quedarían restos de comida en el estómago y el riñón habría empezado a eliminar el fármaco, aunque Asunta hubiera muerto después de las 19:00, digamos a las 20:00.

Hoy creemos que Alfonso Basterra es culpable porque dio orfidal a su hija durante la comida, pero en realidad el proceso mental discurrió en sentido inverso: como Alfonso Basterra era culpable seguro, entonces ‘debió de’ ponerle un tranquilizante en la comida a la niña.
En uno de los periódicos más serios de nuestro país se intentó despejar este misterio: Asunta “fue drogada en pequeñas y continuas dosis” (el titular reza “envenenada gota a gota”, mucho más bonito). “Si hubiera tomado sobre las 3 de la tarde, únicamente mezclado con la comida, el lorazepam marca Orfidal (…) la menor no hubiese podido salir de casa por su propio pie.” Ciertamente. Por eso suponen que “el ansiolítico tuvo que ser ingerido en cantidades menores, de forma paulatina desde la comida y a través de los líquidos que bebió después”. Enlace
Pero ¿quién nos asegura que tomó el tranquilizante desde la comida, antes y no después de abandonar el hogar paterno? Ningún forense, ningún informe científico, ningún testimonio. Es más, Asunta salió de su casa y caminó hasta el coche entre las 18:14:57 y las 18:19, «por su propio pie». De tanto repetir el rumor oficial hemos aceptado como claro e innegable lo que sólo es una versión inverosímil. Y al intentar arreglarlo, lo empeoran. ¿Por qué razón los asesinos no dan una sola dosis cuando les convenga y se entretienen jugando a drogar a la niña a lo largo de toda la tarde? ¿Si la madre suministró la droga, ¿por qué dividen las tomas?


