5- Cómo condenar a cualquiera

El abogado de Rosario Porto recuerda aquellos días de registros domiciliarios y reconstrucciones en los que la gente se abalanzaba sobre el coche de la policía judicial que trasladaba a su cliente, numerosos periodistas, cámaras y cientos de personas reunidas para insultarlos y llamarlos asesinos: “En estas circunstancias la imparcialidad va a ser imposible”. Enlace

“La neutralidad del jurado queda obviamente comprometida si el caso ha recibido previamente exposición.”[i]

“El derecho a un juicio justo: esto tiene implicaciones sobre lo que los medios de comunicación pueden decir sobre un acusado en el periodo que lleva a un juicio.”[ii]

Ángel Galán, comisario con cuarenta años de servicio, amplia experiencia como policía judicial, jefe superior de policía de Extremadura, jefe de la U.D.E.V., unidad central de delincuencia especializada y violenta, y jefe de la brigada central de investigación especializada, entre otras actividades: “La presión mediática cambia todo. (…) Los juicios paralelos son una consecuencia de la sociedad actual. Por una razón muy sencilla: porque la sociedad demanda esa información. Y los medios se la quieren dar como sea, de donde salga. Con lo cual, se fuerzan mucho las situaciones. No cabe la menor duda de que existen los juicios paralelos. (…) ¿Quién hoy en día no se llevaría las manos a la cabeza si a los padres de la niña Asunta Basterra no los condenaran? (…) ¿De verdad alguien se podría creer que podrían salir a la calle, sin más, después de todo lo que se ha dicho y se ha publicado? ¿No se echaría la gente encima?” Enlace

Mucho antes de que comenzara el juicio, dieciséis meses antes de que los primeros miembros del jurado fueran seleccionados, un conocido periodista de sucesos escribía: “Tras examinar el sumario a fondo, las pruebas sólo implican a Rosario Porto, mientras al padre sólo le inculpa su conducta (…) Sin embargo, nadie duda en Santiago de Compostela de que Rosario Porto y Alfonso Basterra serán condenados por asesinato a los veinte años que va a pedir el Ministerio Público para cada uno de ellos”. Enlace

No fueron veinte años, la máxima pena que permitía el tipo jurídico, pero casi: dieciocho, lo que pidió la fiscalía; por lo demás, acertó de pleno. ¿Por qué estaba tan seguro? ¿Cómo llegó a adivinarlo? Le bastó con ver la intensa y machacona campaña de desprestigio contra los acusados en todos los medios y deducir los prejuicios de los juzgadores.

El ordenador

Alfonso Basterra ocultó su ordenador y su teléfono móvil a la policía. De hecho, jugó con la policía. Cuando lo detuvieron, se negó a explicar dónde los había dejado, en los registros de su casa el portátil con el que trabajaba no apareció por ninguna parte. Tres meses después, la abogada de Alfonso Basterra, ya en la cárcel, presentaba un escrito para anunciar que su defendido entregaba las llaves de su piso al propietario, o sea, que dejaba el alquiler. Y allí aparecía un sorprendente comentario: “Hecho que se pone en conocimiento de su juzgado dado que en su interior siempre ha estado el ordenador del imputado y el teléfono del mismo, y no se hacen responsables del hecho de que desaparezcan una vez abandonada la vivienda”.[iii]

Esto alertó al juez instructor y a los guardias civiles, que volvieron al piso y encontraron inmediatamente el esquivo objeto en el salón de la pequeña vivienda, bien a la vista junto a un radiador, y el móvil en el cajón de una mesilla. Las huellas dactilares estaban borradas, aunque, según declararon en el juicio dos miembros del servicio de identificación de la guardia civil, podría tratarse de un caso de “huellas empastadas” o superpuestas, Enlace es decir, que al apretar la tecla muchas veces las marcas se acumulan y confunden, lo que no permite establecer una identificación.

El ordenador había sido exhaustivamente limpiado y sólo se encontraron dos rastros digitales en lugares de difícil acceso, no en el teclado. “Frente a lo alegado por la defensa, el ordenador del imputado sí ha sido manipulado. Los indicios son claros. No hay huellas de Alfonso en el teclado. ¿Cómo escribía? ¿Sin tocar las teclas? ¿No lo cerraba con las manos al terminar el trabajo? Las únicas huellas encontradas lo fueron en lugares recónditos difíciles de limpiar y en el disco duro. ¿Cómo se explica que después de años de funcionamiento, y pese a las temperaturas que alcanza, el disco conserve dos huellas? Gráfico. Y lo más obvio, el ordenador no estaba en el piso de Alfonso en ninguno de los dos registros.[iv] Enlace

Un agente declaró en el juicio que no podía demostrarse que el contenido del ordenador hubiera sido manipulado: Enlace muchos archivos habían sido borrados pero otros muchos seguían en el sistema. Según la abogada de Alfonso Basterra, la última conexión a internet que consta en el dispositivo es del viernes 20 de septiembre al mediodía, lo que en su opinión indicaría que no había sido manipulado. Enlace

Los guardias civiles que habían pasado tres meses buscando el cacharrete no se lo tomaron con mucho humor. El juez instructor se enfadó: “Los hechos son supuestamente constitutivos de un acto de entorpecimiento a la Justicia puesto que han obligado a tres meses de diligencias de búsqueda”.[v] Los agentes de la benemérita presentaron algunas fotografías para probar que esos dos objetos no estaban allí cuando se realizó el primer registro. Lo cual no resulta una prueba incontestable: ese tipo de artilugios puede ser desplazado casualmente por los diversos rincones de la casa. (Al principio no buscaban ordenadores, sino medicamentos.)

Todavía no se sabe quién ayudó supuestamente a Alfonso Basterra a esconder el ordenador o a dejarlo en el piso tres meses después. Aunque tanto la hermana de Alfonso Basterra, que asistió al primer registro, como el hermano, que se alojó unos días en el pequeño apartamento, declararon bajo juramento que el portátil estuvo a la vista todo el tiempo Enlace y a ambos les extrañaba que los agentes no se lo hubieran llevado. Enlace

Jovencitas

Todo esto puede resultar sospechoso, pero no demuestra que Alfonso Basterra sea un asesino. A nadie le gusta que hurguen en su ordenador personal. Los expertos no pudieron concluir que alguien hubiera formateado o cambiado el disco duro. Alfonso Basterra, como cualquier hijo de vecino, podía guardar secretos personales o familiares y no desear que la policía, y más tarde la prensa, los revelara. De hecho, a Alfonso Basterra no le faltaba razón en desconfiar. Basta ver el uso que dieron a una información irrelevante:

“En el estudio del anexo 02 perteneciente al contenido eliminado del ordenador, en las carpetas jpg y mp4 se han observado archivos de contenido pornográfico, llamando especialmente la atención los vídeos e imágenes pornográficas con mujeres de rasgos asiáticos.”[vi]

Que en el ordenata de un varón adulto y divorciado se encuentren escenas o figuras porno es lo más normal del mundo. Lo raro habría sido más bien lo contrario. Se insinúa una fijación con mujeres de rasgos orientales que tampoco se molestan en demostrar.

Cuando los varones se bajan pornografía, pueden descargar paquetes con cientos o miles de imágenes y en esas compilaciones suele darse una exuberante variedad de razas. Si la guardia civil hubiera contabilizado los registros y hubiera detallado, por ejemplo: “hay cien vídeos y en noventa aparecen mujeres con rasgos orientales”, o “de mil fotografías, en ochocientas se ve a mujeres con rasgos orientales”; en tal caso, sí podríamos creer que Alfonso Basterra sentía fijación por las chicas de raza amarilla, como la de su propia hija adoptiva, y de ahí conjeturar unas oportunas tendencias incestuosas o pedófilas, pero los investigadores, que no ahorraban nada que fuera negativo para la reputación de Alfonso Basterra, no echaron esas cuentas pese a que les llamaba “especialmente la atención”.

De la difamación se encargaban las teles, la instrucción sólo sacaba los temas. Aunque todo esto nada tenía que ver con el crimen, ya que en el asesinato no hubo móvil sexual, la imagen pública del padre se arrastró por el fango.

En su libro, Mark Guscin da más detalles: Alfonso poseía una abultada cantidad de material pornográfico, entre sus ‘amigos’ de facebook había numerosas mujeres asiáticas que compartían fotografías y vídeos, y ciertamente, parecían muy jóvenes.[vii] Sí, pero entre los clientes de burdeles o entre los usuarios de pornografía, en la búsqueda de sexo fácil, la juventud es una de las virtudes más apreciadas. En el ordenador de Alfonso no se encontró ni una sola imagen de una menor. Tampoco Mark Guscin efectúa un recuento para que podamos saber cuántas mujeres asiáticas son “numerosas”.

En un artículo sin firma que recoge noticias de otros medios nos cuentan que del perfil de Alfonso Basterra desaparecieron 74 amigos o amigas después de su encarcelamiento. “Una parte eran mujeres jóvenes y adolescentes asiáticas.” Enlace Una parte, ¿una parte grande o pequeña?, ¿70 ó 2? Consulto una de las fuentes de todas estas afirmaciones, un programa mañanero para clases pasivas y desahuciadas que inventó otras falsedades muy burdas y debe tomarse con cierto escepticismo. En dicho magacín un experto explica las “inquietantes” actividades de Alfonso Basterra en facebook: tiene 264 ‘amigos’, muchos relacionados con su precaria actividad laboral: páginas de turismo y balnearios. Están agregadas “varias chicas jóvenes, muy jóvenes”. Enlace Serán muy jóvenes, pero “varias” no parecen muchas, y en la pantalla no las muestran. Se trata de un grupo de chicas orientales, identificadas como naturales de Indonesia o Vietnam. Estos contactos son “incompatibles con un padre de familia, están fuera de lugar”. Pero se les olvida que Alfonso no era padre de familia, sino divorciado en dique seco. “Parece simplemente extraño” que a un hombre de 49 años le gusten más las chavalas de 18 que las señoras de su edad. Simplemente extrañísimo.

El experto en basterrología insiste, pese a las muchas interrupciones de otros tertulianos que también desean brillar: los contactos juveniles de Alfonso intercambian autorretratos con poca ropa, miradas lánguidas y en poses (costumbre muy extendida entre las jóvenes de hoy en día), pero él no poseía ninguna de esas fotos.

Nueva conjetura: esos “contactos de lo más variopintos no tienen relación entre ellos, podrían estar hechos para disimular los verdaderos intereses”. O sea, de la lista de contactos podemos entresacar lo que queramos, cuanto más sospechoso mejor. Por ejemplo:

En la página de uno de los ‘amigos’, no en la de Alfonso, aparece un colgante con un corazón dentro de otro, lo que puede considerarse un símbolo de pedofilia: hombre mayor, corazón grande, que rodea a una niña, corazón pequeño. De nuevo, no es una imagen de Alfonso, sino de uno de los 264 ‘amigos’. ¿Pero los pedófilos van por la vida enseñando esos distintivos para que se sepa de primera mano que son menoreros? Una empresa internacional de productos de belleza y alimentación utiliza ese mismo dibujo como logo de su más conocida marca de helados, ¿intento de promover la pederastia entre los más golosos? A pesar de esos avisos alarmantes, muchos artesanos siguen diseñando y vendiendo bisutería con corazones entrelazados porque la gente los ve como una figura de la unión amorosa o de la maternidad: el corazón de un niño por nacer dentro del corazón más grande de la madre embarazada.

“¿Casualidad… o podría tratarse de algo más?”, se pregunta una opinadora. Habría que preguntar al ‘amigo’, no a Alfonso. En el informe policial se aclara que no encontraron ninguna foto erótica de ninguna menor.

Finalmente, los peritos de la guardia civil que declararon en el juicio no se explayaron sobre lo más jugoso, el contenido comprometedor: cientos de jovencitas de ojos rasgados, tal vez miles, con kimonos entreabiertos… ¡Qué decepción!

El agente que estudió el ordenador de Alfonso Basterra habló de “un montón de contenido eliminado”, “de todo tipo”, “más de 540.000 archivos”, no todos de carácter sexual. Enlace Parece mucho, pero la gente que frecuenta porno debe limpiar mucho.

En otra información se lee: “El contenido del portátil que los agentes incluyen en el documento (…) demuestra que el imputado (…) consultaba todo tipo de páginas eróticas y de contenido sexual, no sólo referente a mujeres asiáticas”. Enlace

Pero qué útil resultaba para conseguir una condena. ¿Cómo iba a librarse Alfonso Basterra de la pena más dura, si durante meses se aireaba su afición a la pornografía y su predilección por “mujeres de rasgos orientales”? Horas y horas de basura esparcida por todos los hogares. No hace falta demostrar nada si creas un retrato oscuro con el que la población, y por tanto el futuro jurado, disfruta cada día de sus dos minutos de repugnancia y superioridad moral. Alfonso Basterra no tuvo ninguna oportunidad. No era necesario probar, bastaba insinuar y ensuciar.

Fotos familiares

El juez instructor: “En cuanto a su contenido, manteniendo en lo posible la cautela, simplemente indicar que el contenido del ordenador es bastante comprometedor, y en base al mismo, cobran relevancia otros indicios que se trataron discretamente”.[viii] Enlace

Veamos esos “otros indicios que se trataron discretamente” y, filtrados no menos discretamente, sólo sirvieron para alimentar bulos y chismes escandalosos que recogerían los titulares de numerosos periódicos e informativos.

En el móvil de Asunta, antes propiedad de la madre, se encontraron imágenes inapropiadas de la niña con ropa provocativa y mucho maquillaje. En su grupo de ballet habían celebrado un festival de fin de curso. Todas las alumnas iban vestidas igual, con el mismo disfraz de cabaretera y exceso de maquillaje. Con ese móvil, entonces de la madre, en el 2010 sacaron varias fotos de la niña, antes de darle un baño y meterla en la cama, y en dos de ellas Asunta, bastante cansada, aparece tumbada de lado en la butaca con las piernas abiertas sobre el reposabrazos. Es lo más normal del mundo que unos padres deseen guardar recuerdos de las fiestas y disfraces de su hija. Es habitual que los niños abran las piernas o realicen gestos que un adulto mal pensado consideraría obscenos pero que ellos hacen de modo natural. Es muy corriente que las niñas adopten posturas provocativas ante las cámaras, incluso para retratos familiares.

Este dato irrelevante, publicado en buena hora, sirvió para oscurecer aún más la imagen de Alfonso Basterra, que quedó ante el país, y ante los futuros miembros del jurado, como un pederasta incestuoso. Irrelevante, ya que en principio no hubo ninguna agresión sexual. El sexo no tuvo nada que ver, que se sepa. El móvil de la perversión sexual secreta sólo es un comodín muy útil para subsanar la falta de motivos, y las fotografías sacadas de contexto, probablemente tomadas por la madre, ni siquiera las pudo ‘disfrutar’ el padre, porque estaban en el antiguo teléfono de ella, algo que no se entiende si él fuera el pervertido.

El fiscal, que conoce bien su trabajo, exhibió la más llamativa durante un buen rato del juicio con una excusa banal.

Los investigadores disponían de esas fotos meses antes del descubrimiento del ordenador. No es aventurado suponer que se eligió el momento oportuno para soltar todas esas primicias, buscando “retratar a los padres como depravados para caldear el ambiente” antes del juicio. Enlace

El jurado, tras verlas, no las mencionó en su veredicto, pero el daño ya estaba hecho. Si lanzas una sospecha de pedofilia, es imposible quitar la mancha.

En los titulares de El Mundo, Libertad Digital, La Información, El Economista, Huffington Post, Diario de Ibiza, Diario de Navarra, La Opinión A Coruña, La Provincia, ABC, ETB, 20 Minutos, Última hora, La Voz de Galicia…, y muchos más, se puede leer que las fotografías se hallaban en el ordenador del padre, y así lo cree casi todo el mundo. Sólo he encontrado una pluma que se atenga a los hechos: Nacho Abad, en La Razón. Enlace

Muchos periodistas y articulistas ponen lo que les da la gana, mejor dicho, escriben con prisas y no se paran a pensar ni a corregir. Otros son más cuidadosos y elaboran mejor las falsedades o medio verdades con las que se ganan la vida. Un artículo sin firma de El Confidencial hace un repaso de todo lo sabido. Y en el apartado del móvil sexual recuerdan: “se halló en el portátil del padre de Asunta material erótico y pornográfico de mujeres asiáticas”. Unas líneas más abajo: “un nuevo registro, en el que se encontraron un portátil y un teléfono móvil”. Y en la siguiente frase: “entre el material hallado se encontró una imagen donde aparecía la niña tumbada en un sillón”, etcétera.

Todo seguido, el lector puede pensar que se trata de contenido obsceno en poder del padre, pero en realidad tampoco es eso lo que han dicho. Enlace Así se da al público lo que quiere con una pizca de finura.

Peor es el caso de un respetable periódico, en sus buenos tiempos uno de los más reputados por su objetividad, si no el que más. Publicaron un artículo en el que informaban correctamente de que había unas fotos comprometedoras en el teléfono móvil de la madre. Sin embargo, el titular resultaba más atrayente: las fotos se habían encontrado en el ordenador del padre. Supongo que no fue la misma persona la que redactó el artículo y la que eligió el encabezado. Le parecería que así la noticia ganaba y que a los lectores les daba igual lo que queda por debajo del título… o que no saben leer.

A fin de cuentas, en los crímenes mediáticos, cuando una persona es detenida, la prensa goza de carta blanca para acusarla de casi cualquier cosa que se le ocurra: la más burda mentira carece de consecuencias.

El juez instructor afirma que “sacamos las fotos de Asunta para demostrar que la niña estaba totalmente sedada”. Por supuesto, ni se le ocurrió pensar en el juego que esas fotos y comentarios darían a la prensa y, por tanto, en su efecto sobre la sociedad y el jurado. Un juez instructor no pierde tiempo leyendo periódicos ni actúa con mala intención, se limita a cumplir con su deber. Según cuenta, el forense le llamó la atención sobre los ojos de la niña, las pupilas dilatadas indicaban el posible consumo de orfidal. “Los ojos de la niña no parecían normales.” Enlace

A mí sí me lo parecen. Tal vez el forense sufría deformación profesional y estaban proyectando al pasado lo que sabían de lo ocurrido más tarde. El tamaño de las pupilas cambia con la luz que reciben y no se sabe cuánta luz había en la habitación donde se tomaron las imágenes. No hay nada especial en las pupilas de Asunta. Aparte de eso, parece innecesario que den tranquilizantes a una niña que está agotada porque lleva catorce horas practicando ejercicio físico, bailando, moviéndose sin parar, y también resulte extraño que la seden para obtener unas fotografías que no tienen mucho de especial.

Además, comenta el juez que hay una mueca que ningún niño haría, pero se equivoca, los niños pueden reproducir cualquier gesto que vean a cualquier otra persona. “Una niña normal no pone esas caras”, “eso no lo hace”.

Pues esa mueca, forzar una sonrisa estirando con los dedos las comisuras de la boca, sí la puede hacer una niña de diez años. En el tiempo que se tarda en teclear “niños muecas” encuentro en mi móvil una foto de un niño pequeño, unos siete años, poniendo esa misma cara, en la ilustración de un artículo sobre kindergarten.

Y como los periódicos, salvo dos o tres excepciones, necesitan inventar noticias para atraer lectores, se habló de unas fotos en que la niña aparecía dentro de un saco de dormir blanco, como amortajada; con las pupilas dilatadas, como drogada… Simple degeneración de la libertad de prensa.

Discretamente

Tras mencionar el contenido del ordenador, en el apartado de ‘motivaciones’ el juez instructor prosigue: “Alfonso no ha explicado todavía cómo, si en su vivienda Asunta no tenía más que un cepillo de dientes y unas zapatillas, se encontraban sobre la mesilla, y no colgados del armario, los trajes de ballet de la pequeña. Por qué su ADN estaba en la braga de la menor”. Enlace [ix]

Hay que tener cuajo para escribir eso. Alfonso, que llevaba a la niña a todas sus actividades extraescolares, tenía en su casa la ropa de ballet de ésta, no colgada en el armario sino tendida en cualquier sitio porque muchos varones que viven sin compañía femenina no se distinguen por su amor al orden.

Cualquier juez de instrucción sabe que vamos por la vida dejando rastros de ADN: al hablar, al estornudar o cuando tocamos algo, también se nos cae por todas partes más cabello del que nos gustaría. Pero al juntar en la misma frase ‘ADN’ y ‘bragas’, nos suena a semen, que en este caso no era semen, sino ADN: sudor palmar, salivilla o restos de un estornudo; y pudo haber llegado a esa prenda de mil modos casuales. El ADN se puede transferir, por ejemplo, durante la colada, basta mezclar ropa en el cesto. Podría tratarse de una trasferencia secundaria, es decir, la mano de Rosario o de la misma Asunta recibe el ADN accidentalmente al tocar a Alfonso y luego esa mano va a la ropa interior. Alfonso se toca la nariz, la cara, o habla mientras pasa a Asunta la ropa que debe ponerse. Naturalmente, el ADN en la ropa expuesta al sol se degrada más rápidamente que en una prenda cubierta. Enlace

Además, Alfonso no necesita explicar nada, porque son los acusadores los que deben probar y en el cuerpo de Asunta no había ninguna señal de abuso ni de asalto sexual.

Pero si Alfonso es presentado como un pedófilo incestuoso y pervertido ante la sociedad, ya no hace falta ni juicio: le han hundido la vida. ¿Quién va a dar trabajo a un tipo así? ¿Quién va a querer vivir cerca de él? ¿Alguien se va a molestar si es condenado sin pruebas? ¿Vamos a pedir para él un juicio justo? ¿Cómo encontrar un jurado imparcial en estas circunstancias?

El propio juez instructor en varias ocasiones, cuando se le pregunta por el caso Asunta, ha afirmado que “basta el anonimato de un ordenador para que la gente se vuelva pedófila, pederasta, ludópata y libere todas esas tensiones. Todos llevamos ese animal”. Enlace En el ordenador de Alfonso Basterra los expertos no encontraron ni una sola foto de menores en pose erótica.

Una famosa revista de la transición que ofrecía chicas con poca ropa y, entremedias, escándalos variados usaba un sencillo método para conseguir informaciones exclusivas: buscaba un drogodependiente y le ofrecía un buen dinerito a cambio de contar alguna barbaridad. El drogadicto, que sólo piensa a corto plazo, dice lo que le pidan y luego se va por su dosis; el entrevistador, a su vez, publica unas impactantes declaraciones, bastante entretenidas, aunque sin ninguna veracidad. Con el tiempo, y con el alivio de la represión sexual, la revista desenfadada fue perdiendo lectores y ya ha desaparecido, aunque el señor Alfonso Basterra todavía tuvo que sufrir el ultraje de convertirse en protagonista de una de esas patrañas, publicada en mitad del juicio.

“Una joven prostituta decidió actuar con honestidad tras conocer la detención de Alfonso Basterra.”Enlace Ya sólo el título mueve a risa. Las afirmaciones de la joven prostituta, enganchada y arruinada, aunque de buen corazón, eran difíciles de creer, pero el juez instructor lo consiguió.

Aparte de la falta de credibilidad de la única fuente, nadie entra en un prostíbulo diciendo: “¡Mira cuánto dinero me ha dado mi mujer!”, Rosario no regalaba dinero a nadie y menos a Alfonso para vicios, y ninguna esposa jamás pagaría a su marido los gastos del burdel. Esa idea perversa sólo es un manido argumento de folletín baratísimo.[x]

En resumen, Alfonso Basterra era un tipo divorciado al que le gustaban las jovencitas y que recurría al ordenador para estimularse. ¡Que paren las rotativas!

Y otra gran exclusiva: durante los registros, los agentes, con la ayuda de luz ultravioleta, encontraron manchas de semen en las sábanas y ropa interior de Alfonso Basterra. Aunque lo raro sería que no las hubiera, eso habría indicado una pulcritud obsesiva.

Prisión preventiva

Es evidente que a lo largo de dos años el jurado estuvo expuesto a las noticias del caso por la prensa, la radio y la televisión, más el cotilleo, más la telaraña electrónica donde cualquier hijo de vecino opina sin miedo: cientos de titulares morbosos, incorrectos, alarmistas y tendenciosos, surgidos por generación espontánea. Pero ¿por qué recelar que esto haya podido influir sobre ellos ayudando a moldear una opinión anticipada, cuando han asistido al juicio y han conocido de primera mano todos los testimonios y las pruebas?

El juez instructor sabía perfectamente que los padres iban a ser juzgados por un jurado, y tenía el deber moral de preservar la imparcialidad de sus miembros. Aun así, no sólo los detuvo y escuchó sus conversaciones fuera de la legalidad, sino que los envió por dos años a la cárcel, hasta que se realizara el juicio; además de las filtraciones y de las entrevistas para promocionar su libro, la exposición pública de sus paseos esposados y las noticias de su vida entre rejas.

Si ambos acusados habían negado su culpabilidad y proclamado su inocencia, ¿por qué estuvieron en prisión dos años?

No corresponde en modo alguno a la instrucción avanzar valoraciones de culpabilidad, solamente imputar, es decir, acreditar que contra los acusados existen indicios racionales de culpabilidad suficientes para ser sometidos al correspondiente juicio, al que acudirán con su presunción de inocencia absolutamente intacta desde un punto de vista procedimental.

Muchos de los que siguieron el caso por la tele debieron de pensar que estaban en prisión porque mataron a su hija. Nada más lejos de la realidad procesal. Eso, que es la anticipación de la pena, está tajantemente prohibido por el tribunal constitucional. En la fase procesal nada se decide sobre la culpabilidad de los imputados, ni siquiera se puede plantear. Es precisamente a partir del término de la instrucción cuando se formaliza la acusación, mediante los escritos que han de presentar las partes acusadoras junto con las pruebas de que intenten valerse en el juicio en el que, ahí sí, se resolverá si son culpables o no lo son; pero hasta ese momento, no lo son.

¿Qué causas o motivos establece la ley para que una persona inocente sea privada de su derecho a la libertad e ingrese en prisión?

El derecho a la libertad está garantizado no sólo por la constitución española sino también por la declaración universal de los derechos humanos. Pero las grandilocuentes declaraciones no sirven de nada cuando un simple juez de instrucción, que es el peldaño más bajo de la carrera judicial, se permite privar de libertad a dos personas (y mantener ese encierro), forzando al máximo los estrechos límites legales, y además hacerlo sabiendo positivamente que no le va a pasar nada, con total impunidad. Enlace La privación de libertad sin sentencia condenatoria previa (prisión provisional) sólo se puede producir, cuando sea necesaria para evitar la reiteración delictiva, la destrucción de pruebas o el riesgo de fuga.

¿Cuál de esas circunstancias se daba ahí? La reiteración delictiva era imposible por la propia naturaleza de los hechos; la destrucción de pruebas ya no estaba al alcance de los imputados; en cuanto al riesgo de fuga, existen sobrados medios para evitar este riesgo (retirada de pasaporte, pulseras electrónicas, presencia judicial, vigilancia policial, etc.), ninguno de los cuales fue siquiera tomado en consideración.[xi]

Alfonso no tenía medios económicos y su cara había aparecido en todos los telediarios. La única manera de escapar del juicio sería tirarse por un barranco. Lo mismo cabe decir de Rosario. Con su enfermedad crónica y su falta de claridad mental tampoco hubiera llegado muy lejos.

Los defensores de la ley del jurado suponen candorosamente que sus miembros, al participar directamente en el juicio, conocer los hechos y escuchar a ambas partes, acusación y defensa, pueden superar los prejuicios y formarse una opinión razonada y fundamentada de lo sucedido. Por alguna razón mágica que todavía no ha sido explicada, su raciocinio no se ve afectado por el caudal de información envenenada.

¡Atención!, aquí nos llega una graciosa innovación jurídica del supremo: “El Tribunal admite que los medios de comunicación pudieron influir en el jurado, pero interpreta que la defensa también tuvo oportunidades de difundir su opinión de los hechos”. Enlace

Nuestra carta magna otorga a todos los españoles el derecho fundamental a un proceso público “con todas las garantías” y entre esas garantías se incluye el derecho a un juez o jurado imparcial. Lo que añade aquí el supremo es que, si el jurado puede estar influenciado por un lado, los abogados de la defensa podrían influir por el otro, y así se alcanzaría de nuevo el equilibrio.

Por poner un símil futbolístico, es como si un equipo se quejase de que el rival ha pagado a los árbitros y el tribunal del deporte le contestara que no proteste tanto porque él también tuvo oportunidad de sobornar a los árbitros y así conseguir la igualdad de trato.

Aparte de ese desatino jurídico, es de una asombrosa ingenuidad creer que las dos partes pueden cortejar a la prensa con el mismo éxito. A los periodistas no les interesaba saber que Alfonso se declaraba inocente o si aprovechaba el tiempo en la cárcel para leer novela histórica.

En fin, los abogados defensores ya tienen suficiente trabajo con preparar el caso. No son, ni tienen por qué ser, tertulianos brillantes, no disponen de tiempo para someterse a largas sesiones de maquillaje ni en la facultad les enseñan técnicas con las que seducir a los reporteros.

Lo cierto es que conseguir un jurado imparcial, que no hubiera visto imágenes de la detención o nunca hubiera oído lo de “tú y tus jueguecitos”, era completamente imposible. En la primera selección de los nueve miembros del jurado y los dos suplentes no se llegó al número mínimo de candidatos y hubo que realizar un nuevo sorteo. La segunda selección se prolongó más de cuatro horas. Ganas de perder el tiempo.


Bibliografía

[i] Alan Keightley, Ian Brady: The untold story of the Moors Murders (Robson Books, 2017), cita tomada de Mark Guscin, The murder of Asunta Yong Fang (Cambridge Scholars, 2018), p. 76.

[ii] Peter Joyce y Wendy Laverick, Criminology: A complete introduction (Teach Yourself, 2020), cita tomada de Mark Guscin, 2018, p. 76.

[iii] Cruz Morcillo, 2014, p. 202.

[iv] Auto de apertura de juicio oral, p. 14.

[v] Escrito del juez instructor, en Cruz Morcillo, 2014, p. 203.

[vi] Informe de la guardia civil, en Cruz Morcillo, p. 274.

[vii] Mark Guscin, 2018, p. 144.

[viii] Auto de apertura de juicio oral, p. 14.

[ix] Auto de apertura de juicio oral, p. 12.

[x] Mark Guscin, 2018, p. 144.

[xi] Estos siete párrafos sobre los dos años de prisión preventiva son una reformulación del artículo del abogado Germán Rodríguez Conchado, “Porto y Basterra, víctimas de la justicia mediática”, El Correo Gallego, 03-10-14.

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