1- De la testigo “totalmente creíble” al error judicial

Alfonso Basterra afirma que permaneció toda la tarde en su casa y no hay ninguna cámara de seguridad en el centro de Santiago de Compostela, de las 37 examinadas, que lo sitúe esa tarde en la calle. Tampoco se sabe cómo se las arregló para volver por su cuenta desde la escena del crimen a su domicilio, porque a las 20:43, Alfonso llama a su ex, Rosario Porto, y no le cogen; los repetidores lo sitúan en la ciudad de Santiago y en la zona de su apartamento.

Aun así, el jurado creyó que había participado en la asfixia de su hija, pudo ir recostado en los asientos traseros del vehículo ya que en ninguna imagen se ve con claridad ese espacio. Cómo volvió no importa mucho.

Para llegar a esa conclusión sin ningún tipo de pruebas confiaron sin reservas en las palabras de una testigo que, por suerte para los que deseaban una doble condena, al final apareció.

Leemos en el auto de apertura de juicio oral: “Alfonso afirma que no abandonó el domicilio de República Argentina, en toda la tarde, pero una testigo afirma haberlo visto sobre las 18:20 horas en la calle República de El Salvador ”y “Pero por encima de todo, existe una prueba directa de una testigo totalmente creíble. Dicha testigo es indudable que pasó por el lugar, pues está acreditado mediante un recibo de compra y posteriormente se le ve en una cámara de General Pardiñas ”, “Su presencia en República de El Salvador apunta a que Alfonso salió de casa evitando las cámaras de seguridad, y trasladó a Asunta hasta el vehículo que Rosario sacaba del garaje ”.[i] Enlace

Aquí tenemos un buen ejemplo de que en los crímenes mediáticos los empleados de justicia se implican demasiado. La sociedad siente una honda preocupación ante el abuso y la violencia contra menores, y el asesinato de Asunta Basterra es uno de esos crímenes que despiertan un rechazo visceral también entre los magistrados y los agentes de policía.

Para empezar, no existe ningún “testigo totalmente creíble”. Por una elemental prudencia, en las antiguas leyes de enjuiciamiento criminal estaba descartado condenar por un solo testimonio: “testis unus testis nullus”.

Actualmente, los psicólogos cognitivos piden que se vuelva a la vieja norma: “Teniendo en cuenta las investigaciones sobre memoria de testigos se recomienda que no se condene a una persona basándose únicamente en el reconocimiento realizado por un testigo en una rueda de identificación, si no hay pruebas forenses que le acusen u otros testigos que también le hayan reconocido, ya que con mucha frecuencia se producen errores de identificación.”[ii]

“La obra de Münsterberg (1908) On the witness stand [En el estrado del testigo] determinó el origen de la psicología del testimonio, en la que señala la necesidad de una reforma legal basada en la experimentación científica, ya que el testimonio de un testigo, aun actuando de buena fe, puede ser erróneo.”[iii]

La testigo, en este caso una adolescente de quince años compañera de clases de francés de Asunta, afirmó sin ningún género de dudas que, tras comprar con un amigo unas zapatillas deportivas, había visto a Alfonso Basterra con su hija Asunta la tarde del crimen. Los vio cruzar por delante y quedarse parados ante un paso de peatones, de espalda a ella, a un par de metros, y por eso no los saludó, pero los conocía bien. La chica se lo comentó a sus padres al día siguiente, cuando se difundió la noticia del asesinato. Los padres no quisieron meter a su hija en el circo mediático, pero un par de meses después, como se discutía todo el tiempo sobre si Alfonso Basterra había pasado la tarde en casa o no y sabiendo la importancia que esto tenía para el caso, decidieron acudir al juez. La testigo estaba totalmente segura. Su contundente testimonio, sin embargo, era falso, además de absurdo.

La hora equivocada

Cuando le demuestran con fotos que a las 18:21:24 iba con su hija y no puede negarlo, Rosario explica que dejó el coche en doble fila, subió a coger la bolsa y entonces Asunta le dijo que no se quería quedar sola y prefería acompañarla. Esta segunda versión coincide en ese punto con lo antes contado, y no había ninguna razón para dudar de esa parte.

Por si todo esto fuera poco, una cámara de una joyería, junto al garaje, la graba a las 18:14:57. La siguiente cámara, de Nova Galicia Banco, en la calle Teixeiro, tras pasar el portal de Asunta, la capta a las 18:19. Cuatro minutos de diferencia que se explican fácilmente si Rosario paró para subir y bajar con su hija, pero que no encajarían si el padre la metió directamente en el coche.[i]

El plan de los Basterra-Porto para acabar con su hija a la chita callando resulta bastante novedoso. Primero la drogan y la dejan irse sola, se desentienden de ella un buen rato. Una hora más tarde la madre se va al garaje, ella será la encargada del transporte, y él sale a escondidas para ayudar a meter a Asunta en el vehículo sin que nadie se dé cuenta. Para lo cual debe conseguir que la hija camine a su lado sin llamar la atención a pesar de una formidable sobredosis de tranquilizantes. Un poco más seguro para la madre; para el padre, en cambio, una manifiesta temeridad.

Rosario Porto, sola, saca el coche del garaje a las 18:14:57. A las 18:21:24 Asunta está a su lado en el asiento del copiloto, como la policía supo por la grabación de la gasolinera. En la denuncia por desaparición Rosario no dijo nada de esa compañía, afirmó que había salido de casa sola, a las siete y media, pero, pocas horas después, antes del primer registro, comentó a un teniente y un cabo de la Guardia Civil, precisamente el instructor y el secretario de las diligencias, que había parado ante la puerta de su piso en doble fila para coger una bolsa donde guardar los bañadores que iba a buscar a la finca.[iv] Rosario está mintiendo, tardará seis días en reconocer o ‘recordar’ que se llevó a la hija con ella en el coche, y en esos casos la mentira se ajusta lo más posible a la verdad. Evidentemente, si hubiera existido una rocambolesca cooperación para meter a la niña en el vehículo muy lejos del portal y a salvo de miradas inoportunas, Rosario no habría parado en doble fila para subir a su casa ni lo habría contado, casi desde el principio, de no ser cierto.

En la primera reunión del equipo de investigación, el cabo comentó que la madre había ocultado “lo de la parada del coche en doble fila”[v]. Todos estaban seguros de cómo y por dónde había llegado la niña al coche, pero más tarde tendrían que encajar el testimonio “totalmente creíble” como fuera.

Cuando le demostraron con fotos que a las 18:21:24 iba con su hija y no pudo negarlo, explicó que dejó el coche en doble fila, subió a coger la bolsa y entonces Asunta le dijo que no se quería quedar sola y prefería acompañarla. Esta segunda versión coincide en ese punto con lo antes contado, y no había ninguna razón para dudar de esa parte.

La testigo había visto a padre e hija después de salir de la tienda, a unos 50 metros, y el tíquet de compra marcaba las 18:21. Las 18:21 cuando se produce la lectura del código de barras, y las 18:22:23 cuando se abre la caja.

Una vez que ella y su amigo pagan las zapatillas, salen al momento y otra cámara los grabó a las 18:24:54, tras alejarse 50 o 60 metros del cruce donde “avistó” a Alfonso. Si lo que “recuerda” la testigo fuera cierto, Asunta esperó ante el semáforo, recorrió una pequeña manzana, unos 30 metros, sin ser captada por una cámara situada en la otra acera, hasta la calle Doctor Teixeiro, y subió al coche de la madre, que pasa ante el parlamento de Galicia a las 18:20:21 y ante la gasolinera a las 18:21:24, pero la testigo, sin pararse ante ningún semáforo, llega hasta el banco Sabadell, un recorrido de unos 50 o 60 metros, a las 18:24:54, cuatro minutos y treinta y tres segundos más tarde.

 En un lento y tranquilo paseo, a paso de parejita feliz y sin prisas, ¿puede estirarse tanto el tiempo? Cualquiera que haga ese recorrido comprobará que no.[i]

Todo esto plantea una pequeña dificultad práctica: la niña estaba en dos sitios a la vez. El juez instructor conocía esos datos. ¿Cómo lo arreglaron?

Primero, se planteó que el reloj de la caja registradora de la tienda deportiva no estuviera en hora, y ya había pasado tanto tiempo que era inútil hacer una comprobación, pero este resguardo de compra podía quitar bastante fuerza a la declaración de la testigo.

Los investigadores pudieron y debieron, pero no lo hicieron, comprobar la exactitud de la hora marcada en el tíquet: podrían haber contactado con el proveedor de software de la caja, que suele estar conectada con un servidor central; podrían haber hablado con los empleados de la tienda y comprobar su funcionamiento; sobre todo, podían contrastar las horas de todos los pagos realizados con tarjetas de crédito o débito aquella tarde. Así dispondrían de lo marcado en la tienda y en los bancos o entidades emisoras, del momento en que se solicita la operación y en el que se realiza, una vez verificados los datos y el saldo. Con esta sencilla comparación podrían haber averiguado la hora real incluso dos años después.

Discretamente, el juez instructor escribe “una testigo afirma haberlo visto sobre las 18:20 horas”. Aunque él sabe perfectamente la hora que marca el tíquet, la de todas las cámaras, incluida la de la gasolinera, y la ley le obliga a recoger todos los datos favorables al imputado.

La imagen de la testigo paseando tras abandonar la tienda demostraba que la joven estuvo en esa zona ese día, tal como dijo, pero ningún miembro del jurado vio esa foto durante el juicio: a las acusaciones no les interesó detenerse en ello, el juez instructor tampoco lo explica, para la fiscalía no constituía evidencia sólida porque no estaba en hora con otras cámaras.[vii] Pero esa misma cámara había grabado también a Rosario quince minutos antes, y el horario del recorrido de Rosario estaba establecido con precisión por la Guardia Civil. Tal vez fuera preferible no confundir a los componentes del jurado con un exceso de información.

Finalmente, hubo que suponer que tal vez la cámara de la estación de servicio fuera la que fallaba, aunque había servido a la policía para reconstruir el itinerario de madre e hija y, antes de la testigo, no habían sentido la más ligera desconfianza sobre la hora marcada.

“Por otro lado, en la cámara de la Galusera [la gasolinera] a las 18:21 teniendo en cuenta un desfase de hora debida a la no sincronización de cámaras, se ve a Rosario y a Asunta en el Mercedes Benz”, Enlace afirma de pasada el jurado (en hechos probados, séptimo).

Pero ese “desfase de hora” que ahora ellos tienen “en cuenta” ¿de dónde lo han sacado? De la manga.

“Sin embargo, en las cámaras que se registraron y grabaron y obtuvieron fotogramas del recorrido que sí aparece, parlamento y estación de servicio de la Galuresa, sí se hizo una especificación detalladísima de ‘Aquí figura esta hora, pero comparada con el horario real, hay una diferencia de segundos’ y no hubo ningún tipo de problema en hacerlo constar.” Enlace Son palabras del abogado de Rosario  Porto, que conoce todo el sumario y las pruebas. Por supuesto, la policía judicial determina con precisión cada segundo de cada documento gráfico que aporta al juez instructor.

Abogada de Alfonso Basterra: «Desde que sale doña Charo del garaje, a las 18:14, hasta que llega a la Galuresa a las 18:21, todo ese itinerario está comprobado y cotejado.» Abogado de Rosario Porto: “Esa caja nunca se inspeccionó si estaba en hora o no, cosa que se hizo en todos los demás registros de cámaras y de grabaciones”. Enlace Una cámara, cuya hora ha sido comprobada por agentes de la Guardia Civil, capta a Asunta a las 18:21:26; y otra cámara, igualmente comprobada por los mismos agentes, capta a las 18:24:54 a una testigo que afirma haber visto a Asunta cincuenta o sesenta metros atrás.

El juez instructor, sobre el recorrido de la madre: «Lo tenemos hasta cronometrado».

Lisa y llanamente, el jurado alteró en sus reflexiones el contenido –confirmado– de un medio de prueba para que los hechos “probados” coincidieran con su opinión.

Y la cámara del parlamento gallego, también inspeccionada por la policía judicial, que grabó al mercedes de Rosario pasar a las 18:20:22, ¿también sufría el mismo y extraño desfase horario recién descubierto?

En el juicio se fijó las 18:23 como la hora en que la testigo pudo ver a Asunta con Alfonso Basterra caminando por la calle. Curiosamente, la periodista que escribe un libro desde la cercanía al equipo de investigadores transcribe incorrectamente la hora marcada en la toma de la gasolinera: 18:24:26, en lugar de 18:21:24, y en la sentencia del tribunal superior de Galicia se comete el mismo error.[viii]

Los miembros del jurado, previamente convencidos de la culpabilidad de Alfonso Basterra, quedaron aún más convencidos por la solidez del testimonio, por la confianza que transmitía la testigo (joven, atractiva, valiente) en su propia declaración, llegando a negar las coincidencias horarias.

Sin embargo, la confianza no es un indicador fiable de la exactitud. “Se debería advertir a los investigadores, en particular a los jurados, que la confianza no es un indicador fiable de la exactitud.”[ix]  Enlace 

“La memoria de los testigos es poco fiable y muy maleable, y que en contra de las creencias existentes, la confianza manifestada por un testigo en su testimonio no es buen indicador de su precisión.”[x]

“En general, parece que los sujetos no son capaces de realizar una valoración objetiva de su capacidad de memoria, ya que se ha demostrado empíricamente que la relación entre la seguridad que manifiesta tener el testigo en la exactitud de sus respuestas y la exactitud real es débil bajo condiciones de laboratorio, tanto en el testimonio (Perfect, Watson y Wagstaff, 1993; Smith, Kassin y Elsworth, 1989), como en la identificación (Sporer et al., 1995).”[xi]

El lugar equivocado

Y otro problema que se plantea es qué hacían Alfonso y Asunta ante ese paso de cebra. Las cámaras muestran que el mercedes de Rosario pasó directamente junto a su vivienda y no que estuviera dando vueltas por el centro de la ciudad. De creer en el oportuno mas incongruente testimonio de la joven, Alfonso sale de su domicilio en República Argentina, recoge a Asunta en su casa, en la calle de al lado, Doctor Teixeiro, sigue hasta General Pardiñas, donde Rosario saca el coche del garaje, y va más allá, para torcer luego a la derecha y regresar por la avenida República de El Salvador. El vehículo de Rosario no circuló por República de El Salvador, en General Pardiñas había cámaras de bancos y joyería a ambos lados, por lo que Alfonso no podía recorrerla inadvertido. Los acusadores sostienen que fue en Doctor Teixeiro donde Alfonso se encuentra con Rosario, es decir, en la misma calle del portal de donde sale la niña. Entonces, si se juntan los tres en el lugar más adecuado para pasar desapercibidos, ¿por qué se alejó dos calles más y luego volvió? ¿Para hacer tiempo?

En opinión paradójica del juez instructor, Alfonso conocía las cámaras y cruzó tres calles con cámaras sin ser grabado para llegar a un lugar donde poder actuar sin ser grabado. Si Alfonso rezaba para no encontrarse con ningún conocido, aunque evite las cámaras magistralmente para alejarse hasta un lugar sin malditas cámaras, más le valía juntarse con Rosario lo más cerca posible de su casa y permanecer en la vía pública el menor tiempo posible.

Obviamente, la única manera de ayudar a Rosario a llevarse a la niña a un lugar discreto consiste en sacarla en el momento convenido del portal y meterla directamente en el auto. Quien considere a la testigo “totalmente creíble” forzosamente ha de concluir que Alfonso Basterra paseaba con su hija esa tarde y no tenía ni idea de que existiera un plan para asesinarla.

En los primeros interrogatorios el juez instructor pregunta a la madre: “Cuando bajó su hija al coche, ¿quién la ayudó a subirla al coche? Porque su hija iba tan drogada que era imposible que ella pudiera subir por su propio pie”[xii]. Por la formulación de la pregunta, “cuando bajó su hija al coche”, deducimos que él no cree que la hija paseara por el centro de la ciudad: ‘bajó al coche’, es decir, fue del piso a la calle. (Y tan drogada que no podía subir a ese coche por su propio pie.) Durante dos meses fue un hecho aceptado e indiscutible que Rosario había estacionado en doble fila y Asunta había bajado directamente del apartamento al automóvil, pero cuando apareció la testigo, hubo que corregir lo que se consideraba evidente para que su testimonio resultara “totalmente creíble”. Parece que este ligero cambio en el sumario fue borrado totalmente de la memoria de los que tomaron parte en la investigación.

Una contradicción andante

Para rematarlo, o para más inri, si Asunta había sido drogada durante la comida en casa del padre, tal como sostenían juez instructor y fiscalía, la niña ya no podría caminar por la calle en ese momento. Precisamente, el padre la lleva, o la arrastra, porque ya no era capaz de dar un paso, por eso precisaba de ayuda Rosario.

 El juez instructor podría haber pensado en ello cuando redactó el auto de apertura, pero ya no le importaban las contradicciones ni temía el ridículo: a falta de una prueba de peso acumula indicios endebles y sin fundamento para conseguir con ellos algo de efecto.

En el juzgado tanto las dos toxicólogas como el jefe de patología forense del Imelga (Instituto de Medicina Legal de Galicia) que dirigió la autopsia ‘aclararon’ esta aparente dificultad: nada de lo que extrañarnos, porque el lorazepam es una de las benzodiazepinas de acción a medio plazo que menos efecto tiene como relajante muscular. Lo primero que pudo sentir Asunta fue una fuerte somnolencia, y más adelante una depresión generalizada del sistema nervioso central. La ataxia, es decir, la descoordinación en los movimientos y la dificultad para deambular, es uno de los síntomas más tardíos. Enlace

Las expertas, contratadas por la asociación Clara Campoamor, se esforzaron mucho en que su informe coincidiera con todos los datos que había que encajar. Según estas nuevas conclusiones, Alfonso Basterra fue capaz de calcular la cantidad precisa de orfidal para que Asunta se fuera sola a casa a paso ligero, paseara una hora después sin llamar la atención (con fuerte somnolencia, aturdida, pero, ¡caramba!, sin llamar la atención), aunque tal vez medio dormida y aturdida, y estuviera indefensa a las dos o tres horas por una dosis diecisiete veces mayor que la que se consideraría normal o segura para un adulto.

Lo cierto es que el orfidal por ingestión oral tarda una hora en producir su efecto máximo, Asunta había dejado a su padre hacía más de 60 minutos y la testigo respondió bajo juramento que no vio nada anormal en su modo de andar.

Testigos a granel

En casi todos los crímenes mediáticos se produce una abundancia de testimonios imaginarios y el caso de Asunta Basterra no fue una excepción. Hubo diversas declaraciones expresadas con total seguridad que no merecieron la misma credibilidad por parte del juez instructor: un profesor que aseguró haber visto a Asunta sola por la calle y luego se desdijo; un fiestero que vio a una chica de origen chino bailando en una verbena a la hora en que ya se había encontrado el pequeño cuerpo; el matrimonio que vivía a cien metros de donde apareció Asunta, quienes afirmaron que el bulto de la niña no estaba en la pista forestal antes de la medianoche y tampoco habían observado ningún mercedes benz verde como el de Rosario esa noche; de los dos juerguistas que encontraron el cadáver uno sintió que alguien los acechaba y contó en televisión que alguien cambió de posición el brazo izquierdo de la muerta cuando ellos se alejaron por primera vez. Muchos casos han demostrado que el testigo más honesto puede estar equivocado y la policía sabe bien el tiempo que puede perder con ellos y lo peligrosos que son esos falsos testimonios ofrecidos con la mejor intención. Enlace

Por ejemplo, en el triste caso de los asesinatos de Soham, Inglaterra, tan famoso allí como aquí puede ser el de las niñas de Alcàsser, dos amiguitas de diez años salieron a comprar chucherías y nunca regresaron, sus cadáveres fueron hallados trece días después tras una de las búsquedas más extensas de la historia criminal británica. Como de costumbre, la policía pidió la colaboración ciudadana y la ciudadanía colaboró con una considerable cantidad de testimonios falsos aportados de buena fe. Una mujer declaró haber visto a dos niñas con la misma ropa y apariencia caminando al día siguiente de su desaparición, cuando ya estaban muertas; un taxista afirmó haber visto al conductor de un coche verde forcejeando con dos menores para secuestrarlas, todo falso.

En el secuestro de Natascha Kampusch un testigo sostuvo que dos hombres secuestraron a la víctima, lo que ayudó a escapar de la justicia al único secuestrador.

Por poner un ejemplo más cercano: a Déborah Fernández, desaparecida en Vigo en 2002 y asesinada, diferentes testigos bien intencionados creyeron verla por todas partes: en un bar con una mochila, en un tren con destino a Madrid, en un local de copas. Incluso un ciudadano con más fantasía contó que fue adelantado por una furgoneta de la que sobresalían las piernas rígidas de una joven muerta.

El grupo de delitos contra las personas de la unidad orgánica de policía judicial de A Coruña, que también trabajó en el caso Asunta, guarda una caja repleta de legajos donde están documentados todos los avisos de ciudadanos que decían haber visto a Diana Quer, que, como sabemos, murió y fue escondida el mismo día de su desaparición. Habían recibido avisos desde 46 provincias españolas. Enlace Aun así, nadie sintió recelos de aquel testimonio tan conveniente.

Esto son sólo ejemplos, pero no pasa a menudo, ocurre siempre. La lista de condenados en los Estados Unidos por falsas identificaciones de testigos oculares y después absueltos por pruebas irrefutables de ADN no para de crecer.

“Las pruebas basadas en el testimonio visual son las que más inocentes han condenado (Rattner, 1988; Walker y Brittain, 1978), porque existe un cúmulo de variables que amenazan seriamente la fiabilidad de las pruebas testificales, aunque el testigo no tenga intención de engañar.”[xiii]

Es habitual que la mente cree falsos recuerdos. Estamos condenados a olvidar la mayor parte de nuestras vivencias porque constantemente recibimos muchísima más información de la que podemos absorber. Nuestra memoria va cubriendo los huecos mediante una reconstrucción que une y mezcla los recuerdos.

“Uno de los principales fenómenos que se ha estudiado en el campo de la psicología del testimonio tiene que ver con las transformaciones que ocurren en la memoria del testigo cuando éste, una vez observado, entra en contacto con otras informaciones sobre el suceso. El testigo va incorporando información diferente al esquema original que posee sobre el acontecimiento presenciado.”[xiv]

La testigo supo que su compañera de academia había aparecido muerta y se acordó de que la había visto por la calle junto con su padre. Esa evocación se unió al recuerdo sobresaliente del día anterior, la compra de unas zapatillas deportivas en la misma zona donde había visto a la niña. La información de que el día anterior Asunta fue asesinada trajo el recuerdo de un encuentro casual con padre e hija.

“Las noticias que son muy emocionales y significativas para la persona también se recuerdan bien. Por todo eso, es posible que cuando un suceso emocional tenga una implicación personal importante para el testigo, éste recuerde mejor la información referente al hecho que un suceso ordinario.”[xv] Es evidente que para la testigo ver a Asunta con su padre por la calle es un suceso trivial, sólo cobra emoción más tarde, cuando le sorprende la noticia de su muerte. Es en ese momento cuando fija su visión.

Pero nuestra memoria no posee un reloj suizo con el que ir poniendo fecha y hora exacta a nuestros recuerdos. Retenemos mejor los datos importantes que los detalles, y las acciones de los sucesos mejor que las circunstancias de esas acciones. La fecha es el detalle que peor recordamos.[xvi] ¿A quién no le ha ocurrido figurarse que ha visto a alguien ayer cuando en realidad lo vio dos o tres días antes?

Tras el hundimiento de las torres gemelas se llevó a cabo un interesante estudio psicológico que revela cómo cambian los recuerdos con el tiempo. Miles de testigos entrevistados recordaban lo que estaban haciendo aquella mañana, pero apenas nada del día anterior y el siguiente. Todos guardaban en su memoria el impacto de los dos aviones, el problema es que el choque del primer avión no apareció por televisión hasta el día siguiente. Sin embargo, los norteamericanos sabían que había dos aviones y juntaban las dos escenas, vistas por separado, en una sola mañana.[xvii] Enlace

“Tendemos a reconstruir el pasado para que sea consistente. Los voluntarios seguramente estaban influenciados por aquello que vieron en los medios de comunicación. Nuestra memoria no es independiente del contexto social en que vivimos.” Enlace

El cerebro no establece un orden a la hora de guardar las nuevas cosas aprendidas, no hay fecha, ni palabras claves, ni superíndice, como en los vídeos o los ordenadores, porque nuestro cerebro no funciona como un ordenador. Recuperamos los recuerdos mediante contextos. Y en realidad no los recuperamos. Gary Marcus, profesor de psicología de la universidad de Nueva York y autor de “Kluge. La azarosa construcción de la mente humana”: “Cada vez que recuerdas algo, tu cerebro está reconstruyendo lo que pasó”. “Tenemos la ilusión de que nuestros recuerdos son una especie de grabaciones en vídeo, auténticos reflejos de lo que realmente ocurrió. Pero nuestros recuerdos tienden a mezclarse y a difuminar ciertas cosas, por lo que reconstruimos partes de aquello que no recordamos del todo.” Enlace

Aunque todo esto resulta muy conocido para los psicólogos, entre la población general no existe una clara consciencia de la baja fiabilidad de nuestros recuerdos, más bien creen que la memoria actúa como una cámara de vídeo. Enlace Desde luego, un juez instructor o un agente de la ley debería conocer bastante mejor los avances de la psicología en el estudio de los testimonios. Y no estaría de más que se instruyera con precisión al jurado sobre este problema antes de escuchar a un único testigo honesto y confiado, un “testigo totalmente creíble” pero tal vez confundido.

“No deberemos centrar nuestra atención sólo sobre el testigo que suponemos que miente, sino también, sobre aquél que cree fielmente estar diciendo la verdad, pues ante éste es justamente ante el cual solemos bajar la guardia.”[xviii] Enlace

Pero nuestra memoria no posee un reloj suizo con el que ir poniendo fecha y hora exacta a nuestros recuerdos. Retenemos mejor los datos importantes que los detalles, y las acciones de los sucesos mejor que las circunstancias de esas acciones. La fecha es el detalle que peor recordamos.i ¿A quién no le ha ocurrido figurarse que ha visto a alguien ayer cuando en realidad lo ha visto dos o tres días antes? Y a juzgar por sus declaraciones en sede judicial, la testigo es un buen ejemplo de nuestra escasa competencia para situar acontecimientos en una línea temporal: “¿Cuánto tiempo has estado yendo con Asunta a clase?”, “Pues a lo mejor fuimos dos o tres años juntas”, “¿A los policías cuándo les contaste esto? “Sería por noviembre o diciembre o por ahí… No lo sé”.

Postdata

Resulta que el juez instructor deseaba sonsacar al sospechoso alguna información comprometedora sobre Rosario o él mismo, pero éste, por consejo de su abogado, se negó a prestar declaración; un consejo sensato, teniendo en cuenta que en unas horas pasaría de testigo a imputado, y además no tenía obligación de declarar si se trata de un pariente. Así que al juez se le ocurrió un ingenioso truco: hizo detener a Alfonso Basterra y lo llevó a un calabozo junto al de su mujer, con una autorización para la “sonorización de calabozos”, o sea, para grabar todo lo que se dijeran.

La Audiencia de A Coruña anuló la grabación por vulneración de la intimidad: “no se cumplieron los requisitos marcados en la jurisprudencia constitucional”, “ni la ley de enjuiciamiento criminal ni la ley general penitenciaria dan amparo legal a la grabación de conversaciones de detenidos en calabozos policiales cuando solo existen meras hipótesis objetivas”. Enlace Los acusados habían manifestado que no querían declarar en sede policial, pero su derecho constitucional a guardar silencio no fue respetado.

Estas conversaciones “no podrán acceder de modo alguno al procedimiento” acordó la Audiencia Provincial, pero el empeño del juez instructor no fue en vano: cualquier miembro del jurado tuvo ocasión de oírlas o leerlas cientos de veces antes de ser seleccionado. Y, encima, con arreglos y mejoras de todo tipo.

Hay una parte de esas grabaciones que fue omitida por los periodistas e investigadores, y sin embargo tiene mucho interés para el caso. No aparece en el juicio ni se menciona en ninguna de las abundantes filtraciones a la prensa. Parece que todo lo que favorecía a los acusados era irrelevante para la instrucción. Rosario habla con tranquilidad y decisión.

(Jueves noche, 26 de septiembre, calabozos de la Guardia Civil en A Coruña)

Rosario: Vale. Una cosa, Alfonso.

Alfonso: ¿Qué, mi vida?

R.: ¿Tú no saliste en toda la tarde de casa?

A.: No, qué va, tranquila.

R.: Estás seguro, ¿verdad, Alfonso?

A.: Te doy mi palabra de honor, nena. Tienes mi palabra de honor, Charo, que no salí de casa.

Si Rosario hace esta pregunta e insiste, es porque no sabe si Alfonso ha salido. Si se hubieran juntado en pleno centro de Santiago de Compostela para meter a la hija en el coche, este breve diálogo no tendría sentido. Una prueba más de que la testigo se confundió. Debemos esta interesante observación a la perspicacia y cuidadosa labor de Mark Guscin.[xix]


Bibliografía

[i] Mark Guscin, The murder of Asunta Yong Fang (Cambridge Scholars, 2018), p. 84.

[i] Auto de apertura de juicio oral, p. 9.

[ii] Izaskun Ibabe Erostarbe, Psicología del testimonio (Donostia, Espacio Universitario Erein, 2000), p. 64.

[iii] Izaskun Ibabe Erostarbe, 2000, p. 16.

[iv] Cruz Morcillo, El crimen de Asunta (Madrid, La esfera de los libros, 2014), p. 26.

[v] Cruz Morcillo, 2014, p. 17.

[vi] Mark Guscin, The murder of Asunta Yong Fang (Cambridge Scholars, 2018), p. 81.

[vii] Mark Guscin, The murder of Asunta Yong Fang (Cambridge Scholars, 2018), p. 84.

[viii] Cruz Morcillo, 2014, p. 65.

[ix] Rosario Ferrer-Cascales, Psicología del testimonio, tercera lección, Universidad de Alicante, 07-01-2010.

[x] Izaskun Ibabe Erostarbe, 2000, p. 10.

[xi] Izaskun Ibabe Erostarbe, 2000, p. 62.

[xii] Cruz Morcillo, 2014, p. 49.

[xiii] Izaskun Ibabe Erostarbe, 2000, p. 9.

[xiv] Izaskun Ibabe Erostarbe, 2000, p. 58.

[xv] Izaskun Ibabe Erostarbe, 2000, p. 32.

[xvi] Izaskun Ibabe Erostarbe, 2000, p. 50.

[xvii] Francisco J. Ferrer Arroyo y María Cecilia Dieuzeide, “Psicología del testimonio: Los siete pecados de la memoria en testigos y víctimas”, Revista Pensamiento Penal, 25-08-2018, p. 4.

[xviii] Francisco J. Ferrer Arroyo y María Cecilia Dieuzeide, Revista Pensamiento Penal, 25-08-2018, p. 14.

[xix] Mark Guscin, 2018, p. 131.

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