8- El último verano de Asunta Basterra

Además de un supuesto intento de asesinato no denunciado, otro incidente no menos turbio oscurece el último verano de la vida de Asunta, algo que va a proyectar una negra sombra sobre el ex matrimonio Basterra-Porto y va a convertir su condena en un imperativo moral para los lectores de periódicos, entre los que se encontraban jueces y futuros miembros del jurado.

Se trata de un hecho muy grave y que parece confirmado. Por el análisis de un cabello de Asunta, se descubre que la niña habría consumido lorazepam (vendido en España como orfidal) tres o cuatro meses antes de su muerte, en julio o mayo, y ése es precisamente el mismo fármaco por el que se encontraba indefensa en el momento del asesinato.

Los padres afirmaron que debía de tratarse de un error, una chapuza más de los forenses, que tal vez usaron el cabello de otra persona o guardaron la muestra en un recipiente contaminado y luego no procedieron a un lavado exhaustivo, pero aparte del informe forense hay declaraciones de hasta cinco profesores que aseguran que Alfonso Basterra llevó a clases de música a su hija en estado de somnolencia en dos ocasiones y que lo justificó ante ellos como respuesta a un remedio antialérgico, aunque la niña nunca fue diagnosticada de alergia ni se encontraron rastros de consumo de antihistamínicos en su cuerpo. (En la autopsia no se realizó una búsqueda específica de ese tipo de fármacos, según el abogado defensor de Rosario.[i] Enlace Además, Alfonso Basterra era el que compraba los tranquilizantes para su ex mujer, si bien es cierto que él realizaba casi todas las compras por ella.

Esto es muy grave y ha sido considerado una prueba clara y contundente de la culpabilidad de los padres. Es imposible creer que éstos dieran orfidal a la menor y justo dos meses más tarde un asesino desconocido, sin relación con ellos, secuestrara a la niña y empleara el mismo tranquilizante antes de asfixiarla. La niña no había sido golpeada para que bebiera nada ni había sido forzada. La tranquila y peculiar manera de realizar el asesinato señalaba a un familiar o una persona muy conocida de la víctima.

Los padres son precisamente los encargados de cuidar del bienestar de la pequeña y éstos le administran altas dosis de un sedante que sólo deben tomar los mayores. Por desgracia, Asunta no podía recurrir a ningún otro adulto cercano en busca de ayuda: su madre adoptiva era hija única y los familiares de su padre adoptivo vivían muy lejos.

Somnolencia

 El 5 de julio Alfonso compra orfidal y el 9 la lleva a clase, comentó que traía a la niña “un poco drogada”; según él, se había levantado con alergia y presentaba una reacción a los antihistamínicos.[ii] Tres profesores se dieron cuenta de que la niña no estaba en condiciones de tocar. Rosario Porto, al recogerla, se enteró de lo ocurrido y comentó que la llevaría al médico. Por la tarde no volvió a la academia, al día siguiente se encontraba normal.

 El 17 y 22 Alfonso compra, el 23 la niña vuelve a aparecer somnolienta y mareada, incapaz de tocar, con dificultades para caminar. Comenta a su profesora de violín que no tiene alergia, que no sabe lo que le dan, que nadie le dice la verdad y que ha estado dormida horas y horas. Hasta cuatro profesores observan su confusión. Una profesora habla con el padre, que esta vez niega que le den antihistamínicos. Al día siguiente vuelve en buen estado.

 Entonces la profesora de violín le pregunta qué tal está y le responde: “No tuve alergia, a mí nadie me dice la verdad. No sé qué me dieron pero llevo durmiendo dos días seguidos”[iii].

 A la directora de la escuela de música le cuenta: “A mí nadie me quiere decir la verdad; me están engañando. Mi madre me ha dado unos polvos que le entregó una mujer en el portal de la casa. Dijo que era la médico de mamá”[iv]. Aquí la que droga es la madre, no el padre. Esta testigo repitió claramente las palabras de Asunta durante el juicio: “mi mamá… mi mamá me ha dado unos polvos”. Enlace [v] El jurado, al parecer, no lo oyó. Un periodista lo transcribió así: “mi padre me ha dado unos polvos”; unos cuantos: “mis padres”; y la mayoría: “mi madre”.

En la instrucción se achacan cuatro sedaciones a la pequeña, y así fue recogido en las sentencias, pero en realidad sólo hay constancia de dos ocasiones en que la niña estuviera afectada por un tranquilizante o algún medicamento. Se afirma que drogaron a la niña la noche en que supuestamente entró un agresor, pero no hay pruebas de eso, sólo es suposición, y ninguna prueba de que Alfonso tuviera algo que ver. También cuentan como sospechoso el 18 de septiembre, cuando la niña empezó el curso, porque ese jueves no fue a clase y la madre envió un justificante diciendo que había pasado una mala noche, con vómitos, y que estaba tomando una fuerte medicación, pero tampoco se sabe exactamente cómo estaba la niña ese día o si le habían dado algo.

Según los acusados, Asunta tenía unas décimas de fiebre y Rosario mandó una nota al tutor en la que decía que la niña no podía ir a clase porque le habían prescrito un fármaco que le había ocasionado “graves vómitos y mareos”.

Si existía un plan largamente meditado para asesinarla usando orfidal, ¿la madre habría dejado por escrito una mención a ‘fármacos’ y ‘grave mareo’ justo tres días antes del crimen?

El padre escribió a la madre: “La enana está bien. Está leyendo aunque tiene algo de carucha y también un poco de cuentitis. Lo que tiene que hacer es dormir bien y mañana estará perfectamente”. Sí, los mensajes de la pareja muestran que ese día la niña estuvo con su padre durante la indisposición, pero no en el momento de tomar el orfidal, si es que lo tomó, sino después.

Asesinato suavemente

Sin embargo, si de verdad Alfonso Basterra planeaba matar a su hija ya en julio, ¿por qué la llevaba a las clases en esas condiciones? ¿Y cómo se le ocurre decir a los profesores que estaba “un poco drogada”? ¿Necesitaba sedarla previamente para comprobar los efectos del orfidal? En ese caso, le bastaría con haber hecho una prueba un día en que la niña no tuviera compromisos.

Se ha llegado a escribir que los padres querían matarla con sobredosis de orfidal, y al ver que así no conseguían nada, decidieron adoptar un método más efectivo: la asfixia. Esto, naturalmente, no tiene ningún sentido: ni usarían orfidal, un tranquilizante con riesgos y efectos secundarios mínimos a corto plazo, ni la intentarían matar así a la vista de todos.

¿Qué tiene que ver drogar a una niña antes de llevarla a clase con drogar a una niña antes de asfixiarla? En realidad, no es lo mismo. En ambos casos se usa un sedante y en ambos casos el motivo puede coincidir: unos padres despreocupados, irresponsables o hartos, sobrepasados por el esfuerzo de la crianza, deseosos de librarse de una carga; sin embargo, lo primero es incompatible con un plan inteligente para realizar lo segundo.

Los tres jueces del tribunal supremo, por unanimidad: el suministro previo y reiterado del medicamento, “productor de tan perniciosos efectos para la salud de la niña, realizado por ambos cónyuges, sin que ningún médico lo aconsejara ni recetara, atribuyendo a la menor una dolencia que no padece [alergia] y un empeño en propagar ese hecho entre las personas cercanas, favorecido todo ello por el concierto de ambos (sin esas circunstancias habría resultado imposible llevar a buen término el macabro plan), así como atribuir un intento de agresión a la menor a un propósito del agresor de asfixiarla (no existe prueba de que el incidente ocurriese) constituyen un cúmulo de datos incriminatorios que no hallan explicación alguna, si no se relacionan directamente con el propósito de acabar con la vida de la menor”. Enlace

El orfidal no tiene “tan perniciosos efectos”, ni siquiera en los niños. El propósito del agresor de asfixiar a Asunta fue relatado por la madre, no “por ambos cónyuges”. Aparte de eso, si meditamos con calma: el cúmulo de datos incriminatorios tampoco halla explicación alguna si se relaciona directamente con el propósito de acabar con la vida de la menor.

En efecto, podrían haber llevado a buen término el macabro plan sin necesidad de dejar a Asunta sedada en clase –habrían acabado antes–, y podrían haber suministrado previa y reiteradamente el medicamento –para quitarse de encima agobio, por ejemplo– sin un propósito decidido de matarla, pero es al considerarlo partes de un mismo plan cuando se obtiene un absurdo.

Se ha hablado mucho de las grandes cantidades de orfidal que compró Alfonso, pero sabemos que Rosario consumía orfidal en grandes cantidades y también lo conseguía por su cuenta. “Y es sospechoso que si bien no consta donde adquirió Rosario el loracepán, tampoco consta donde adquirió el prozac, lo que indicaría que ambos medicamentos los consiguió en una farmacia donde no registraron ninguno de los dos.[vi] Enlace

Se han asociado con poco rigor las fechas de adquisición de orfidal con los confusos episodios de achaques de la niña (uno de los cuales es pura suposición, otro no está documentado), pero Alfonso, el amo de casa, compraba los tranquilizantes para su mujer, como todo lo demás. Nunca negó haberlos comprado y resulta curioso que acuda a la farmacia más cercana a su casa con tanta despreocupación si era sabedor del uso criminal previsto para las pastillas.

Es sospechoso que todos los episodios en los que Asunta supuestamente aparece bajo los efectos del loracepán, se producen en la vivienda de Alfonso.[vii] Enlace

En el informe de los peritos del instituto nacional de toxicología, ratificado por ellos en el juicio, se reconocía la imposibilidad de determinar el número de ocasiones de este consumo de orfidal y de conocer la cantidad consumida en cada ocasión.[viii] Enlace

La abogada defensora, en su escrito de conclusiones: “En las fechas en que Asunta no acudió a clase en los meses de julio y septiembre de 2013, por hallarse indispuesta; o que acudió, estándolo, se encontró o había pernoctado en casa de su madre, la Sra. Porto Ortega. No existe constancia médica o científica de que dichas indisposiciones estuvieran motivadas por la ingesta y/o administración de Lorazepan”.[ix] Su defendido no tuvo a la menor en casa en las fechas sospechosas. La excepción, el 9 de julio, la noche en que Asunta sí durmió en casa de Alfonso, la madre le había dado el medicamento antes de dejarla con su ex. Según la abogada, llegó al domicilio de Alfonso “ya cenada y habiendo manifestado haber tomado ya un antihistamínico”. Enlace También dice que Asunta presentaba “síntomas de rinitis alérgica”.

La abogada trabaja para su cliente y no hay por qué aceptar de primeras todas sus explicaciones e interpretaciones. Alfonso Basterra, al ser interrogado sin saber que muy pronto sus respuestas podrían e iban a ser usadas en su contra, contó que Asunta había dormido en su casa la noche del 8 al 9 de julio. Aunque Alfonso hablaba de pasada sobre algo ocurrido meses atrás, el juez lo consideró un hecho irrefutable, como siempre que le interesaba creer algo.

Pero si Alfonso fuera cómplice de un crimen seguramente habría ido preparado al interrogatorio y habría podido desviar la culpa, simplemente diciendo que la niña no durmió en su casa esa noche.

La pediatra de Asunta, amiga de la familia, describió a la víctima como “una niña sana” y confirmó lo que Basterra contó el día de su declaración, que el padre de la cría le comentó que “estornudaba” por un “episodio de rinitis” y que quizás hablaron “de darle un inhalador nasal”, “un flisflís”, “un corticoide suave” para el que puede que hiciese una receta. También admitió como probable que además le comentase que “si esto no era suficiente, probasen a darle un antihistamínico en pastillas”, “pero nunca Orfidal”. Enlace

Lo cierto es que no se investigó por separado el suministro de fármacos a la menor, convertido en un indicio más del juicio por asesinato. Los testigos aportaron testimonios de lo sucedido dos meses antes sabiendo ya que la niña estaba muerta. Sin embargo, se trata de dos delitos distintos: el primero indica descuido hacia la menor, desprecio por su salud y su bienestar, por tanto, anticipa un desenlace trágico, pero no constituye el primer acto de un plan gradual. El plan de matar a Asunta casa mal con llevarla antes sedada a una academia. Y no olvidemos que la niña afirmó que su “mamá” le daba unos polvos.


Bibliografía

[i] Recurso de apelación del abogado de Rosario Porto, José Luis Gutiérrez Aranguren, pp. 27 y 28.

[ii] Cruz Morcillo, 2014, p. 113.

[iii] Cruz Morcillo, 2014, p. 112.

[iv] Cruz Morcillo, 2014, p. 113.

[v] Cruz Morcillo, 2014, p. 110.

[vi] Auto de apertura de juicio oral, p. 8.

[vii] Auto de apertura de juicio oral, p. 8.

[viii] Recurso de apelación del abogado de Rosario Porto, José Luis Gutiérrez Aranguren, p. 28.

[ix] Cruz Morcillo, 2014, p. 281.

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